jueves, 19 de abril de 2018

Andrés Ortiz Tafur






Lázaro

Tuve un amigo que no tuve.
Una enfermedad incurable que se murió.
Tomates en macetas, tintados de azufre.
Una huida hacia el pasado,
el crimen de una huella
y una caída a pie de calle,
que me resucitó.

Retomé lo que nunca había poseído.
Volví a enfermar y a plantar tomates.
Volví a marcharme, sin moverme del sitio.
Recobré la vida,
perdí la salud.
De nuevo sal gorda y aceite.
De nuevo el derrumbe sobre el asfalto.

Eh, tú, levántate y anda.
Obedecí y caminé de memoria,
recordando la semilla,
la flor de la mata,
y el fruto verde, ámbar y rojo, al fin.
Siempre cuadriculado,
como un vicioso del círculo,
que no cabe en el punto.
Hasta quedarme sordo, Lázaro,
completamente sordo



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