viernes, 7 de julio de 2017

Javier Puche

Licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico, ha trabajado como crítico musical, corrector de estilo y guionista de televisión. Imparte clases en la Escuela Contemporánea de Humanidades (www.ech.es). Sus ficciones, publicadas en revistas como Quimera o Litoral, se han incluido en diversas antologías, entre las que destacan Por favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2009), Velas al viento (Cuadernos del Vigía, 2010) o Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012). Mantiene el blog literario Puerta Falsa (www.puerta-falsa.blogspot.com). Es autor de los libros Seísmos (Thule, 2011) y Fuerza Menor (Isla de Siltolá, 2016).













La incertidumbre


 Para Javier Tomeo

En medio del Mar Negro, a cientos de kilómetros de cualquier costa, un hidropedal
avanza despacio bajo la luna. Sus tripulantes, un hombre y una mujer de mediana edad,
pedalean maquinalmente, pese a estar dormidos. La cabeza del hombre descansa
vencida hacia atrás. Y su boca se abre hacia el cielo, como si anhelara devorar las
estrellas. La cabeza de la mujer cae por el contrario hacia delante y tiene la boca
cerrada. Con las ondulaciones del mar, ambas cabezas se tambalean un poco. La de él
parece decir que no. La de ella, que sí. Entregados a esta inconsciente discrepancia,
surcan la oscuridad. Al amanecer, el lamento de una ballena los despierta abruptamente.
ELLA (desperezándose): Nos hemos dormido.
ÉL: Eso parece.
ELLA (mirando alrededor): ¿Y qué hacemos ahora?
ÉL: No tengo ni idea. Quizá deberíamos seguir pedaleando.
Y eso es justamente lo que hacen: pedalear. Pedalear en silencio. Seguir navegando sin
rumbo por las oscuras aguas hasta perderse de vista en el horizonte.



Rezar


Rezar en voz baja. Eso hace el paracaidista desde aquel día. Rezar en voz baja mientras
el viento agita con levedad la enorme telaraña donde permanece adherido. Rezar en voz
baja sus oraciones. Y no dejarse intimidar por los esqueletos que penden alrededor.



Mantis

Nadie elige de quién se enamora. En lo que a mí respecta, siempre experimenté una
fuerte inclinación hacia las hembras peligrosas y estilizadas. Qué le voy a hacer. De ahí
que actualmente conviva con un majestuoso ejemplar de mantis religiosa que capturé en
la selva virgen de Khao Sok, al sur de Tailandia. Nunca he sido tan feliz. Ni siquiera en
el útero materno. Aunque debo confesar que esa criatura me intimida bastante (mide
casi dos metros, sin incluir las antenas). Tanto es así que aún no hemos consumado
nuestro amor, tras varios meses juntos. Pero intuyo que el momento se acerca
inexorablemente. Por las noches, cuando me retiro a dormir, ella permanece en el salón
contemplando embelesada el canal porno. Necesita placer con urgencia. Y juro por el
Antiguo Testamento que lo tendrá en cuanto logre vencer el temor idiota que me inhibe.
Mientras, disfruto hipnotizado de su encanto salvaje. Ahora está devorando un felino en
nuestra alcoba. Puedo oírla desde aquí. Bendito sea Dios. Adoro con toda mi alma el
ruidito que emite al masticar. Qué le voy a hacer. Nadie elige de quién se enamora.



Planeta Tierra, año 3012


 Para Ray Bradbury

Como cada noche, el androide lee un libro electrónico junto al fuego. Sus amos lo
contemplan orgullosos desde el sofá. Qué culto es Brtx9. Lee más que nosotros. Llegará
lejos, se dicen telepáticamente. Luego abandonan el salón para ocupar sus cápsulas de
reposo, no sin dar primero algunos besos al androide, que les corresponde con una
sonrisa mecánica. Sólo entonces, al quedar libre de testigos, puede Brtx9 entregarse a su
auténtica pasión. En un doble fondo de la biblioteca electrónica tiene oculta la reliquia:
un libro de papel. Antes de sacarlo, acariciarlo, olerlo, abrazarlo, leerlo una vez más con
frenesí, comprueba auditivamente que sus amos ya roncan arriba.



La marioneta


Tras el accidente estrepitoso y fatal, la marioneta, que yacía inerte en mitad del asfalto,
abrió los ojos y empezó a incorporarse con gran lentitud. Ya erguida, aunque en
precario equilibrio, avanzó unos metros por la carretera, sorteando cadáveres, hasta
alcanzar la mano muerta de su dueño, donde entrelazó cuidadosamente sus hilos de
nylon. Acto seguido, cayó desvencijada al suelo, cerrando los ojos para siempre.



La memoria de cristal



Tras el Apocalipsis, un radar enviado desde Júpiter para confirmar la extinción del
hombre, desciende con lentitud hacia las profundidades del Océano Pacífico, donde algo
parece latir. Y es que abajo del todo, en mitad de un silencio vagamente iluminado por
criaturas abisales, el único espejo que la Gran Explosión no ha logrado romper emite en
orden cronológico, antes de apagarse para siempre, todas las imágenes que componen su
memoria de cristal, demorándose en aquéllas donde aparece la mujer que lo tuvo en su
alcoba hasta el fin, una joven risueña que ya no existe, aficionada a bailar desnuda ante
él ciertas noches de verano, cuando todo era posible todavía en este rincón de la galaxia. 











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