martes, 27 de junio de 2017

Yolanda Saenz de Tejada






Mi hija
dobla su voz
hacia delante,
mordiendo
(con sus dulces
palabras)
la luz que habita
en los ojos de
Daniel.

Ella tiene
once años.
Él, cuatro;
pero se quedó
en dos
(la vida le dejó
un rincón en
blanco en su
memoria;
en su pequeño
cerebro recién
estrenado).

A él le
gustan las muñecas
y a mi
hija,
la vida.

Los dos comparten
la tarde de
invierno y
las lágrimas
que saltan
por mis pecas
al verlos jugar
—como si fueran
cachorros de
la misma
hembra —.

Daniel no tiene
padres y
se abriga del
frío del mundo
en el centro de acogida
de mi ciudad.
Esta tarde
(que suerte tenemos)
juega
a ser feliz
con nosotros.

No creo que mi hija
tenga mejor
escuela de
vida.












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