sábado, 4 de marzo de 2017

José Antonio Fernández




Carta a mi hermano





Aunque he sido ciego

-y según me han dicho

probablemente seguiré siéndolo-,

he decidido enviarte mis manos.

No le digas a nadie,

ni a ti mismo,

que están cortadas de raíz:

cuenta la intención.

No olvides dejarlas correr libremente

entre tus ropas

como hilos teñidos de seda



que no procuran otra cosa

que descubrir agujeros al uso

o remiendos a medio desprender.

O quizá zurcir los rotos.



Tal vez esté ciego,

y manco,

y cojo.

Pero es mejor de ese modo:

no tener

cuando no he sido

antes de volverme polvo.



Aunque sea ciego,

no me culpes:

sólo soy uno de todos.

Permíteme que ablande tu almohada

antes de irme lejos

para que sueñes conmigo.



Despídeme de mí mismo.

Pero no me abraces.

Enciende mejor tus pestañas

y dame aquel guante blanco colgado en la pared

-mira dónde señalo-

Dime ahora adiós con mis propias manos

pero sin apartar los ojos:

es fácil perderse siendo nadie.

Cuando esté lejos puedes quedártelas

como tuyas.

También los ojos y los pies.

Donde voy no necesito nada.

Ahora dime hasta nunca.



                                     Tu hermano

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