jueves, 9 de febrero de 2017

Jose Antonio Fernandez Garcia






Tu cuerpo, ese refugio mío donde
olvidé sembrar entre tus claveles
tanta paz como fui capaz, desprende
hoy, entre piedras y agua, esos temblores
en cascada que tanto me atormentan.

Huiste. Sólo queda en el aire el llanto
estéril de aquél atardecer plano;
de sombras, que sólo tu espalda quieta
sería testigo. También la torre
donde asomaste ese destello gris
que se estrellara hoy contra la roca.


No quedó nadie. Sólo el murmullo
de un discurso desbordado, y luego
ese adiós de espaldas al Guadalquivir.




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