miércoles, 11 de enero de 2017

María Guivernau







¡Levántate!, me grito.
Mi voz hecha eco
retumba entre las paredes
hasta desvanecerse en el silencio.
Pesan los tobillos lastrados,
hay restos de piel entre mis uñas
y heridas que nunca cierran
porque olvidaron
cómo hacerse cicatriz.
Huyo de los espejos
para no hundirme
en la oscuridad de mis ojeras.
Me atraganto con los fracasos,
alojados en mi garganta
sin lograr tragar ni escupirlos,
ni ahogarlos siquiera en vino.
"¡Levántate!", ruego, zarandeándome.
Una ráfaga de viento
alienta mi espalda,
empujándola suavemente.
La ventana abierta
me trae olor a lluvia.
Entre las nubes grises
se filtra un rayo de sol.
"Sí, sí", me digo, "Ya me levanto"...



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