viernes, 30 de septiembre de 2016

Carmen Maroto








No necesito especificar
en la biografía
datos y señales
sobre el acontecimiento
más importante.
Todo en mi
tiene de ti,
eres mi única reseña,
mi sangre
mi valor
mi palabra,
todo lo parí un Septiembre
con tu nombre.





Luis Cernuda



No decía palabras,

acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe,

una hoja cuya rama no existe,

un mundo cuyo cielo no existe.


La angustia se abre paso entre los huesos,

remonta por las venas

hasta abrirse en la piel,

surtidores de sueño

hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.


Un roce al paso,

una mirada fugaz entre las sombras,

bastan para que el cuerpo se abra en dos,

ávido de recibir en sí mismo

otro cuerpo que sueñe;

mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,

iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Auque sólo sea una esperanza

porque el deseo

es pregunta cuya respuesta nadie sabe.


Julia Gutiérrez



Por no descodificar dobleces,
por no corregir el estilo,
por no querer leer entre líneas,
por no haber sabido cerrar
con la palabra perfecta,
por no detener el impulso
que hace que escriba
sin cláusulas,
hoy me salgo de un poema
que me impide el vuelo,
que se quedó mudo
y hago de él tabula rasa,
carta de libertad
que abra la jaula,
para que sea 
lo que siempre fue.








jueves, 29 de septiembre de 2016

José Luis Tobalina Cuerda (1960-2008)




Transparente ausencia eres cuando te haces lejana.

Te recuerdo en la última despedida sonriendo melodías de adioses. 
"Me voy al mundo”, dices con los ojos, 
y ensanchas mis horas hasta convertirlas en nostalgia que duele.
Tal vez no lo entiendas. Yo tampoco.
La vida es abandonarse a un instante para ganar todas las certezas.
Por eso cuando regresas de cosechar emociones,
te miro cansado de llorar ausencias
y resucito para seguir atado a ti en las horas futuras.







Javier Irigaray




La lluvia de acero
escarcha mis ojos,
diluye el mundo
entre mis brazos.
 
No puedo alcanzar el nudo
que estrangula mis entrañas,
ni olvidar la sonrisa
que atesoro en mis engramas.
 
Un vórtice cruel
aja mis sueños.
Más sombras se acercan
en pos del alba.
 
Quiero sentirme, de nuevo,
abrasado por el Sol.En llamas
de fuego y púrpura arder
envuelto en tu mirada.  


Del libro: El metal de las edades


        

Jose Antonio Fernandez Garcia



AMOR Y CAOS

Aunque Joan Miró lo diga,
a veces es cierto: amor como un mar embravecido,
como una pincelada amarilla en el labio de una rosa.
Porque Joan Miró lo sabía
desde la crudeza del pensamiento,
dijo de replegar velas
y dar forma a ese otro universo
que se debate ingrávido sin aparente orden o concierto.

Aunque Joan Miró no era músico,
sabía como rasgar el tacto suave de la seda:
como piel pulida a besos
o tal vez como el desgarro o descalabro del aroma de una violeta
en un atardecer apacible
cuando
las ventanas se cierran
al aliento confortable de una alcoba
para evadirse de cualquier amanecer azaroso.

Y porque Joan Miró lo supo,
pudo equivocarse a pincel vacío,
a ojo fijo en una tela, casi crepúsculo de formas
y sin latidos.
Entonces surgió el debate entre amor o caos
como tal vez tumba a cielo abierto
o valle apacible donde las estrellas se posan
en un albergue de espaldas al mar:
quizá porque llueve a veces -mas
cuando el cielo se obstina en abrazar al planeta-
o porque estoy calado hasta los huesos
como sello que mi boca evoca
mientras amo o rompo
el desnudo de un racimo de palabras premeditadas,
llenas,
a corazón latiente en el interior de una caricia
sonrojada y manos al dorso,
allá precisamente donde Joan Miró
no mira
y el caos vaga solo
como sábana en blanco
como amor a destellos en la profundidad de una caverna.





miércoles, 28 de septiembre de 2016

Ana García Briones




Como quisiera,
ahora,
en este instante,
empaparme de lluvia
y endulzarme de mieles.

Que las olas azules,
me abrazaran fuerte,
transportándome,
al fondo submarino
de mi océano.

Escupir sin miedo,
los besos contaminados
de tristezas.

Como quisiera,
ahora,
desnudar el alma
y en el ropero
de los sueños,
colgar los remos de tu barca.

 
 Partos de luz





 

 


Isabel Rezmo




Secuestrar
momentos
entre las redes, luego,
servir de dulce amor
entre los silencios.

HABITO




Carmen Castejón Cabeceira




No es fácil olvidar
hay que persistir mucho anulando los recuerdos.
mis pulmones respiran de tu nombre
mi memoria te sabe y no me dan las cuentas
de números de atrás.
En cambio mi pasado antes de ti está en blanco.
No quisiera mentirte ni mentirme
pero creo que no seré capaz
de abandonar tu tiempo.
Porque tal vez 
sea el único tiempo que no quise morirme.




martes, 27 de septiembre de 2016

Ana García Briones





Aquel día
recogí todas las flores
todos los perfumes
del aire.
Quería sembrar
de aromas
mis espacios
llenar el silencio
de esencias.
Quería regalarme
la vida.
Aquella mañana
en el atardecer
de aquel lugar
bailé entre campos
de amapolas
con la poesía

Partos de luz








Luis García Montero





Quizá tú no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido, 
tan frío en esta esquina. Pero el viento 
pensó que yo era piedra 
y quiso con mi cuerpo deshacerse.
Si pudiera encontrarte, 
quizá, si te encontrase, yo sabría 
explicarme contigo.
Pero bares abiertos y cerrados, 
calles de noche y día, 
estaciones sin público, 
barrios enteros con su gente, luces, 
teléfonos, pasillos y esta esquina, 
nada saben de ti.
Y cuando el viento quiere destruirse 
me busca por la puerta de tu casa.
Yo le repito al viento 
que si al fin te encontrase, 
que si tú aparecieses, yo sabría 
explicarme contigo.






William Martin




En cualquier momento,
en cualquier rincón,
queman mis sentimientos;
entonces, surgen mis versos...
y con ellos, siempre Tú.





Pablo Neruda




Hemos perdido aún este crepúsculo.

Nadie nos vió esta tarde con las manos unidas

mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana

la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda

se encendía un pedazo de sal entre mis manos.

Yo te recordaba con el corazón apretado

de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces,

dónde estabas?

Entre qué gentes?

Diciendo qué palabras?

Por qué se me vendrá todo el amor de golpe

cuando me siento triste y te siento lejana?

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo

y como un perro herido,

a mis piés rodó mi copa.

Siempre,

siempre te alejas en las tardes

hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Pedro Javier Martín Pedrós




Aquella noche plácida por tantas cosas,

se cruzaron nuestros pies

en caminos de besos y deseos

guardados.

Aquella noche de olas majestuosas,

con lloros de niños,

y miradas calientes nos

imaginamos nacer en tierras 

de nadie.

Aquella noche de pentagramas vacíos,

y canciones de cuna,

quise ser profeta en tus miradas

llenas de olvidos.

Aquella noche,

esta,

la de mañana,

me la imagino

de esponjas multicolores

predominando el amarillo.

En la Bajamar










Ana García Briones



Mis brazos se abren
y pierdo el equilibrio
llorando en las paredes
entre una riada de tristezas.

Mi sangre bombea
hacia un espejismo
o simplemente,
al canto de un jilguero.

Después,
el espíritu de supervivencia
gradúa mis ojos
hacia la vida
y
me arrastra impaciente
al perfume de flores salvajes
que brota de mi vientre.

 Partos de luz



 


 

-DAVID GONZÁLEZ-



las manos

me decían mis padres
antes de sentarme
a la mesa a comer

lávate bien
las manos

no alcanzaban
a comprender
que los niños
las tenemos siempre
limpias






GIOCONDA BELLI



Cómo pesa el amor

Noche cerrada
ciega en el tiempo
verde como la luna
apenas clara entre las luciérnagas.
Sigo la huella de mis pasos,
el doloroso retorno a la sonrisa,
me invento en la cumbre adivinada
entre árboles retorcidos.
Sé que algún día
se alzarán de nuevo
las yemas recién nacidas
de mi rojo corazón,
entonces, quizás,
oirás mi voz enceguecedora
como el canto de las sirenas;
te darás cuenta
de la soledad;
juntarás mi arcilla,
el lodo que te ofrecí,
entonces tal vez sabrás
cómo pesa el amor
endurecido.






domingo, 25 de septiembre de 2016

Ana García Briones


 Cerré los ojos
 me tapé

 los oídos
 y caí
 de nuevo 

 al vacío 








 








Bertolt Brecht



Jamás, ma soeur, te he amado tanto...

Jamás, ma soeur, te he amado tanto
como cuando me fui de ti en aquel crepúsculo.
Me engulló el bosque, el bosque azul, ma soeur,
sobre el que los pálidos astros quedaban para siempre ya al oeste.

No me reí ni lo más mínimo, nada nada, ma soeur,
yo, que jugando me dirigía a mi oscuro destino-
mientras que ya los rostros tras de mí
lentos palidecían en el atardecer del bosque azul.

Todo fue hermoso en aquella tarde única, ma soeur,
y nunca más después; tampoco antes-
claro que sólo me quedaban ya los grandes pájaros
que al atardecer tienen hambre en el oscuro cielo.

Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens




 

Alejandra Pizarnik






Solamente
ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios



ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida









miércoles, 21 de septiembre de 2016

Josep Piella Vila




TODOS LOS RINCONES DEL MUNDO
 

Una caja de cerillas en la que un policía

guarda una bala para jugar a la ruleta

rusa con un narcotraficante.

El bolsillo de un homeless donde un

gatito se refugia para pasar otra

noche fría.

Un número de teléfono escrito en

la palma de la mano.

Una mesa sin discursiones y una barra

de pan a repartir.

Una estación de autobús esperando

al sesenta y siete con destino a un

lugar mejor.

Una calle iluminada por cubos metálicos

donde arden las noticias de ayer.

Un pote de mermelada lleno de monedas

en el estante superior de la cocina, junto

a los garbanzos.

La motocicleta del afilador un

domingo por la mañana.

La tumba de un pájaro en la base

de un tronco que unos chicos

mataron con sus tirachinas.

Una reunión de idealistas anónimos con

la psicóloga del hospital.

Cien poemas de amor en la azotea

de un poeta triste.

Flores, muchas flores, cruzando el océano.

Una visita a los Balcanes, el museo

de historia contemporánea de Europa.

Un camino, quizás el más largo, con

filósofos ahorcados cada cien metros.

La sala de espera de un confesionario: católico,

musulmán, sintoísta, mormón, ateo… con televisión

por cable y máquinas dispensadoras de oraciones.

Un mundo, envuelto en papel de regalo falso,

el único existente pero no el único posible. 



Pedro Salinas



¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría;
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí; si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: "No te vayas."



Marcos Ana





Mi primer amor.


Una tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos cabarés que él seguramente frecuentaba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente.
En un momento, mi amigo miró su reloj y me dijo: "Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro día con más calma". Le di un número falso, pues dada mi situación, pendiente de mi salida clandestina de España, no era prudente establecer ninguna relación. 
-Espérame un minuto -me dijo antes de marcharse.
Se perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera, le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo: "Toma, para que pases la noche con este amigo".
Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de su profesión. Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella me dijo con tono indiferente: "Bueno, vámonos". Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté: "¿Adónde?". "Pues... al hotel".
-Pero así, ¿sin apenas conocernos? Me gustaría pasear un poco, saber algo más de nosotros...
Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida. Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos la suya: "No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mí todo esto es muy difícil...".
Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión, que era un preso político, que me habían tenido veintitrés años fuera de la vida, que nunca había estado con una mujer...
Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada, dulcificó su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.
-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche.
Me invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la plaza de España, y viví, entre temblores, las escenas más hermosas e increíbles. Después de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me dijo: "¿Nos vamos ya al hotel?". El problema para mí seguía siendo el mismo; era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía: "No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo".
Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una habitación alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada. Después, en vez de dar "la sesión" por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella. Lo dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los policías si notaban mi ausencia... Pero era muy difícil renunciar, me quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.
Por la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle a por churros y chocolate, se sentó en el borde de la cama y desayunamos juntos. Al despedirnos la estreché con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca más.
Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche fuera. Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla, sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me preguntó: "¿Qué tienes aquí, Fernando?".
Un majestuoso ramo de flores
Tomé el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota que decía: "Para que vuelvas esta noche". Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eché a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro.
Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al volver y "comprar su cuerpo" con aquel dinero, que además era suyo, sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aún más, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su pureza y su ternura.
Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pasé por delante de una floristería y casi sin pensarlo, con un impulso instintivo, entré y le dije a la vendedora: "Póngame quinientas pesetas de flores".
La mujer me miró sorprendida: "¿Quinientas pesetas?".
-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.
Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.
Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: "Para Isabel, mi primer amor".

Del libro: Decidme como es un árbol