jueves, 3 de noviembre de 2016

Teresa Martín



A mi madre...

Tu eterno descanso provocó,
que la tierra entera
se congelara bajo mis pies
por un indefinido espacio de tiempo,
hasta ahora, de imposible medida.

En ese doloroso instante,
le arranqué las agujas y las horas
a todos los relojes de la tierra
y quemé todos los calendarios que guardabas,
dónde vivían los días que gastamos como supimos,
desde que me pariste al mundo,
hasta aquél pétreo e imperecedero momento;
a sabiendas de que el tiempo,
siempre juega con ventaja
y nadie le gana el pulso,
a excepción de los tramposos
y los muertos.

Delante de esa losa,
aún hoy, no puedo colocarme erguida;
atado llevo su peso a mi cuerpo.
Antes debo depurar mi sangre
de glóbulos envenenados,
arrojar al vacio el lastre
o a este papel de deshecho,
y vomitar la angustia que me produce
y me devora por dentro,
hasta dar con el tuétano de los huesos.

Con el sonido sordo
que produjo el mármol negro
al tapar el túnel del tiempo
donde el letargo se apoderó de ti,
la tierra entera tembló.
Un seísmo de gran escala
y kilométrica profundidad
atravesó de punta a punta
el continente del cuerpo.
Las paredes se me resquebrajaron
y el cielo de aquella mañana,
cayó a mis pies, desmoronado,
cómo las teselas de un celeste mosaico.

Y el polvo y el escombro,
devastaron las frágiles ruinas
que me quedaban en pie,
sepultando
mis raíces mas profundas,
entre las grietas del frío suelo de diciembre,
dónde habitan tristes los cipreses esbeltos,
envueltos en arrullos de palomas,
que se quedaron a vivir adentro

Y lo peor de todo,
es que sobre esa losa,
camuflado entre margaritas blancas,
alguien se atrevió a escribir tu nombre,
en un desconocido idioma
que no logro descifrar, ni quiero,
y por los siglos de los siglos, juro,
que jamás me atreveré a leerlo.






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