miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ana Deacracia






Regresaba al mismo edificio, y me dije,
no puede ser, volvérmelo a encontrar…
Y casi nos chocamos al pasar al vestíbulo.
Mi sonrisa se presentó sin avisar.
Él me devolvió la suya, más comedida,
casi a medias, ladeada en el gesto.
El ascensor llegó de improviso,
no sé en qué estaríamos pensando.
Ambos íbamos a la décima planta.
Su mirada de plomo se incrustó en mis pestañas,
oscura y hemostática, o quizás lacerante
como un tajo que cruza…,
tanto que presentí su desborde a mi escote.
Me miró de tal forma que su rozarme
lo presentí en mi espalda,
recorriéndome ladera abajo, como la fiebre
de abajo a arriba..., con sus ojos de lobo,
con mi piel de leopardo, con mi locura intacta,
con su temblar de infierno,
concibiendo nirvanas a la vez, en ese juego….
Y mi mano a un paso de alcanzar los tramos
de su insensatez y la mía, de acariciar su pecho,
en el mezclar mis dedos en su melena, estaba.
Gozando el aceituna de su mirarme a solas…
Mi sombra colapsada en la lujuria
que embadurnaba la puerta de salida,
y el espejo oportuno que me ofrecía la imagen
de su vaquero azul.
Y puede, que, su mano en mi cintura,
elucubrara, y sus locas ideas saltaran en pedazos,
al mismo tiempo que sus ojos continuaban
rompiendo los márgenes y los sometimientos.
Sus labios a mi boca, pensaría, supongo,
su lengua suplicando que jamás
alcanzáramos la décima planta.
Pero se detuvo el ascensor maldito.
Me dejó pasar a mí primero,
su aliento desde tan cerca que..
No le he visto más.
Hoy vuelvo.




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