miércoles, 6 de julio de 2016

JOSEP PIELLA VILA





LOS JUEGOS DEL HOMBRE

Cuando dos deciden jugar a las fronteras,

al resto solo le queda decidir a qué lado

construirán la casita con jardín y dónde

atarán al perro para que deje de mear

en las flores.

Son una gran familia, la de un lado y

la del otro, digo, y nunca se llaman por su nombre,

porque el plural siempre ayuda a clasificar

lo que no se quiere comprender, y ,si por algún

despiste alguien pronuncia uno, los presidentes

de cada lado salen en las televisiones

en modo discurso igual que el último cliente

del puticlub de autopista interpretando una

tragedia griega.

Luego, en su afán de trazar carreteras sin final,

se cuelan por las chimeneas como cuervos

ahumados alrededor de un muerto.

Ya nada vuelve a ser igual,

no son iguales los dibujos de los niños

en los cuadernos de fin de curso,

ni los horarios de las funerarias,

ni la esencia de las cebollas.

Todo queda ordenado de otra manera.

Los perros ocupan las casas,

los jardines las estaciones de autobús,

y los presidentes se esconden en los túneles

que fabrican las termitas para poder llorar

sin ser vistas.

A todo esto el mar se llena de inquilinos

que no pagan la luz. Tienen que viajar de noche

cuando los peces duermen y los aviones hacen

el cambio de aceite en los hangares y al amanecer

las mareas se encargan de escupir los restos

mal digeridos como un pirata de taberna

tras su primera comilona en tierra después

de meses de navegación.

El juego es complejo igual que un ciego contándole

a otro ciego una partida de ajedrez y la esperanza

viaja de polizonte en las barbas de un ermitaño

desahuciado de su cueva.

Porque se trata de eso, de que el azar permita

creer en la eternidad. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario