jueves, 7 de enero de 2016

Miguel Hernández







A mi gran Josefina adorada...

Tus cartas son un vino 
que me trastorna y son 
el único alimento para mi corazón.
              
Desde que estoy ausente 
no sé sino soñar,
igual que el mar tu cuerpo,               
amargo igual que el mar.

Tus cartas apaciento 
metido en un rincón               
y por redil y hierba 
les doy mi corazón.

Aunque bajo la tierra               
mi amante cuerpo esté, 
escríbeme, paloma, 
que yo te escribiré.
Cuando me falte sangre               
con zumo de clavel, 
y encima de mis huesos 
de amor cuando papel.

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